viernes, 4 de enero de 2019

GOZOS AL SAGRADO CORAZON DE JESUS

GOZOS AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS


Gozos al Sagrado Corazón de Jesús, que se cantan en el Convento de Monjas de Santa Clara de la Ciudad de Almendrejo, Provincia de Badajoz, España, compuesto por una devota del mismo corazón, con motivo de la epidemia de cólera (1833).


Dedicatoria al Sagrado Corazón de Jesús

  Amorosísimo Jesús, los humildes cantos con que mi pobre espíritu ha celebrado mil veces en secreto las finezas de vuestro amante Corazón, intento que vean ahora la luz publica.
  No tengo en ello otras pretensiones, que las de propagar tan tierna devoción. Soy una humilde criatura; y si algún instinto ambicioso hubiera sentido que me movía a hacerlo, le hubiera ahogado en el fondo de mi corazón.
  No tengo, ¡Oh Jesús mío! otra ambición que la de vuestra gloria, y la del pronto remedio para esta desventurada Provincia, que gime desolada por el terrible azote del cólera morbo asiático.
  Tened, Dios mío, piedad de sus habitantes, y aunque ellos no la tengan después para censurar los versos de vuestra apasionadísima, aunque indigna sierva.
            Religiosa:  A. P.


Corazón Sagrado,
Ardiendo en las llamas,
En fuego abrasado,
Hacia Ti me llamas
Haz que yo te goce
Y alabe en el Cielo;
A Ti te lo pido
Con constante anhelo.
Ábreme las puertas,
Oh Rey generoso,
Y en el Cielo goce,
Eterno reposo.


¿Habrá quien no admire
Tu eterna grandeza,
Y quien no se asombre
De tanta belleza?
El hombre se humilla,
Los Tronos le ensalzan,
Los Coros celestes
La gloria le cantan.
Ábreme las puertas,
Oh Rey generoso,
Y en el Cielo goce,
Eterno reposo.


Ay Dios, ya me siento
 En fuego inflamado,
Y de amor rendido
A tus pies postrado.
Oh Fénix de amor,
Úneme a tus llamas,
Hazlo por piedad
Pues tanto me amas.
Ábreme las puertas,
Oh Rey generoso,
Y en el Cielo goce,
Eterno reposo.


Desde su Trono de gloria
Abrasado en caridad,
Nos llama cual tiernos hijos
Y la Augusta Trinidad.

  
Venid criaturas,.
Y en dulce unión,
Cantemos himnos
Al Corazón.
Ay que precioso,
Ay que divino,
Que de portentos
Y aroma fino,
Tras ti me llevas,
Dulce amor mío.


Que diluvios tan copiosos
Derrama sobre este suelo:
¿Quien no vio tantos prodigios?
 ¿Quien no vio tanto desvelo?  


Venid criaturas,.
Y en dulce unión,
Cantemos himnos
Al Corazón.
Ay que precioso,
Ay que divino,
Que de portentos
Y aroma fino,
Tras ti me llevas,
Dulce amor mío.


Esa llama, que en tu pecho,
Está ardiendo sin cesar,
Convida a los pecadores,
Que te vengan a adorar.


Venid criaturas,.
Y en dulce unión,
Cantemos himnos
Al Corazón.
Ay que precioso,
Ay que divino,
Que de portentos
Y aroma fino,
Tras ti me llevas,
Dulce amor mío.

  
En el Trono del Señor,
El Querubín abrasado,
Tributa divinos loores
A este Corazón Sagrado.
Dulce Jesús, sed mi consuelo
Así en la Tierra, como en el Cielo.


A Ti Corazón Sagrado,
Se dirige el alma mía;
A Ti, Jesús inefable,
A Ti, alabo noche y día.
Dulce Jesús, sed mi consuelo
Así en la Tierra, como en el Cielo.


Criaturas no olvidéis,
Y aumentad la devoción,
Que sabe pagar amante,
El Divino Corazón.
Dulce Jesús, sed mi consuelo
Así en la Tierra, como en el Cielo.


 Con profundo rendimiento
A tus pies estoy postrado,
A adorar Tu Corazón
En este templo sagrado.
Ay Dios ¿qué es esto?
¡Qué admiración!
Oh quién reinará
En Tu mansión,
Jesús contigo
En dulce unión.


Ya en la Tierra se venera
Con espíritu ferviente,
El Divino Corazón,
De nuestro Dios refulgente.
Ay Dios ¿qué es esto?
¡Qué admiración!
Oh quién reinará
En Tu mansión,
Jesús contigo
En dulce unión.


Tu poder y Omnipotencia
Alabaré sin cesar;
Conviérteme a Ti, Señor,
Que ya busco tu clemencia.
Ay Dios ¿qué es esto?
¡Qué admiración!
Oh quién reinará
En Tu mansión,
Jesús contigo
En dulce unión.


 Cantad himnos celestiales
A la Augusta Majestad;
Cielo, Tierra, Sol y Luna
Alabad su inmensidad.
Ay Dios ¿qué es esto?
¡Qué admiración!
Oh quién reinará
En Tu mansión,
Jesús contigo
En dulce unión


 Solo le cupo llorar
A la hija de Sión;
Y yo con cantos alabo
De Jesús el Corazón.
Venid mortales,
Venid con celo,
Que el buen Jesús
Con mucho anhelo,
Su corazón
Da por consuelo.


Jerusalén triste estaba,
Muy doliente y conmovida,
Pero Jesús con su muerte
Al pueblo fiel dio la vida
Venid mortales,
Venid con celo,
Que el buen Jesús
Con mucho anhelo,
Su corazón
Da por consuelo.


Participemos  Su gloria
Pues dejó ya Sus dolores,
Seamos agradecidos
Recibiendo sus favores.
Venid mortales,
Venid con celo,
Que el buen Jesús
Con mucho anhelo,
Su corazón
Da por consuelo.


Y pues que ya aquí tenemos
El cólera contagioso,
Oh Corazón amoroso,
Que por tu amor nos libremos.


Oh Corazón de mi amado
Aquí tenéis afligido,
 Un corazón condolido
 Por el pueblo desgraciado.


   Haz tú, que salud gocemos,
Y muéstrate cariñoso….
¡Oh Corazón amoroso!
Por tu amor libres seremos.


   Compasivo Corazón
No olvides esta Ciudad:
Que cese la mortandad,
Te ruega esta pía unión.


   Del contagio que tenemos,
Que es bastante riguroso,
¡Oh Corazón amoroso!
Por tu amor libres seremos.


Por su Corazón,
Roguemos los fieles
Al Dios de Sión,
Nos guíe y ampare
En toda aflicción



sábado, 29 de diciembre de 2018

BEATIFICACION Y CANONIZACION DE SANTA MARGARITA

Santa Margarita María Alacoque, Promotora del Sagrado Corazón de Jesús: Su muerte y milagros: Proceso de beatificacion y canonización


El 8 de octubre de 1690 cayó gravemente enferma y fue obligada a guardar cama. Llamado el doctor Billet dijo que no había gravedad alguna. Ella estaba segura de que iba a morir muy pronto y pidió que le diesen el viático por la mañana del 16 de octubre. Como nadie se persuadía de que estaba en peligro de muerte, no se lo concedieron; pero, como estaba todavía en ayunas, pidió la comunión y la recibió con amor de serafín, pues sabía que era la última comunión de su vida.

116 San Francisco de Sales (1567-1622), obispo de Ginebra y doctor de la Iglesia, había fundado la Orden de la Visitación de Santa María en Annecy (Francia) el año 1610 en unión con santa Juana Francisca de Chantal.

El último día se vio atormentada por el temor a los juicios de Dios y con tristes gemidos decía: ¡Misericordia, misericordia! Al poco rato se calmó y exclamó: Cantaré eternamente las misericordias del Señor.

Le dijeron que la Superiora había mandado avisar a sus parientes; y respondió: No llegaré a ver a ninguno. Es hora de morir y ofrecer a Dios el sacrificio de todas las cosas. A las cinco de la tarde del 17 de octubre, viendo que se debilitaba, volvió a pedir el santo viático, pero el médico consideró que no había tan extrema necesidad y que podían esperar al día siguiente.

Llegando la Superiora, pidió que le diesen la unción de los enfermos y añadió que ya no tenía necesidad de médico, sino sólo de Dios para sumergirse enteramente en el Corazón de Jesús. Llegaron entonces todas las hermanas y rezaron las oraciones de los agonizantes. Antes de morir pidió que rezasen en su presencia las letanías del adorable Corazón de Jesús y las de la Santísima Virgen, y que además invocasen por ella a su santo fundador, a su ángel custodio y a san José, pidiéndoles que la asistieran con su protección (119).

Mientras le administraban la santa unción, invocando el santísimo nombre de Jesús, murió. Era el martes 17 de octubre de 1690. Entonces apareció mucho más hermosa de lo que fuera en vida. Reflejaba tal blancura su semblante que daba gusto mirarla. Estuvo así hasta las cinco de la mañana y entonces le volvió el color natural, que era algo amarillo (120).

Enseguida corrió la noticia por toda la ciudad. Todo el mundo gritaba por las calles: Ha muerto la santa. Los niños cantaban también a su manera: Ha muerto la santa de las santas Marías. Al día siguiente, apenas se abrió la iglesia, colocaron en el coro de las religiosas su cuerpo exánime. Corrió a verla innumerable multitud de gente ansiosa de tocar su cadáver. No eran suficientes dos religiosas para satisfacer los deseos de la gente, porque todo el mundo deseaba y pedía con insistencia alguna cosa que le hubiese pertenecido; pero, fuera del libro de las Reglas y de las disciplinas, no se encontró nada en su poder.

En la tarde del 18 de octubre fue enterrado su cuerpo. No se vio jamás en el entierro de las hermanas tanta y tan diversa clase de gentes. También los sacerdotes que entraron en la clausura quisieron poseer algo de la hermana. Se cubrió su cuerpo con una capa de cal en polvo antes de enterrarla en la cripta del monasterio, que, según la costumbre de entonces, se encontraba debajo del coro de las religiosas.

En 1703 se recogieron sus restos. Había algo de carne y hábitos, mezclados con la cal, y desde esa época se empezó a distribuir a los fieles estas reliquias bajo el título de cenizas de la venerable Margarita María Alacoque. En cuanto a sus huesos, limpios de todo el polvo de cal, los reunieron en una urna de encina con cristal, que se colocó sobre una mesa próxima al nicho de donde habían sacado sus restos.
Después de su muerte comenzaron a suceder muchos y grandes milagros. Dicen sus contemporáneas: Sólo diremos en general que los sordos, al invocarla, oían; los ciegos, recobraban la vista; algunos niños, que no podían andar, por su intercesión han podido hacer uso de sus piernas al ponerles una camisa tocada con su tumba. Hasta el polvo de esta tumba ha curado a una infinidad de enfermos, aun a los que estaban desahuciados de los médicos. Entre ellos un hombre (señor de la Metheirie), que era médico y tenía una especie de lepra. Quedó milagrosamente curado, poniéndose una camisa que hizo tocar en la preciosa tumba (121).

De todas partes nos envían pedazos de lienzo para que los toquemos a su sepulcro y muchos vienen en persona a dar gracias a su libertadora por curaciones maravillosas que se obran todos los días mediante el poder de Dios, que se complace en exaltar a los humildes. El primer milagro auténtico que hizo Dios por su intercesión fue a favor de nuestra querida hermana Claudia Angélica Desmoulins, de 20 años, profesa de este monasterio, que hacía tres meses estaba postrada en cama por una parálisis de medio cuerpo. Una de nuestras hermanas le instó mucho a que se dirigiera a la venerable hermana Margarita María para obtener su curación.

En la noche del 18 de febrero de 1713 soñó que tenía puesta una camisa que había tocado la tumba de la venerable, y estaba curada. Cuando despertó, le pidió a la enfermera que se la pusiera y, habiéndolo hecho, un cuarto de hora después se encontró la enferma curada, pidió su hábito, se vistió ella misma y se fue por su pie al coro, donde estaba la Comunidad cantando. La alegría fue general tanto que muchas lloraban. Se cantó el “Te Deum” y todo parecía como una fiesta solemne. Los médicos que la habían asistido durante la enfermedad y que fueron llamados al momento, testificaron que la curación era milagrosa, causándoles gran admiración, pues habían declarado incurable a la joven enferma (122).

Monseñor Gauthey, arzobispo de Besanzon, en su libro Vida y obras de santa Margarita María de Alacoque, volumen tercero, narra más de 70 milagros realizados por su intercesión después de su muerte; usando madera de su ataúd o tierra de su tumba o con alguna tela que había tocado su sepulcro o con camisas o prendas de vestir que había usado la santa durante su vida.

PROCESO DE BEATIFICACIÓN Y CANONIZACIÓN

En 1715 se abre el Proceso ordinario, que no puede terminarse. Más tarde a causa de los gravísimos problemas suscitados por la Revolución francesa, las hermanas de Paray fueron obligadas a salir de su convento el 16 de setiembre de 1792. Los restos de la venerable Margarita María y del padre de La Colombière fueron sacados en secreto y encomendados a la hermana María Teresa Petit, que pertenecía a una familia distinguida de Paray. Cuando los municipales encontraron las urnas en su casa, les prohibió tocarlas y pudo conservarlas. En 1801, cuando Napoleón hizo un Concordato con la Santa Sede, se les permitió a algunas religiosas vivir en una parte del monasterio, pero en condiciones muy onerosas. Por ello, en 1809, fueron a vivir al local de la antigua abadía benedictina, cuya iglesia se había convertido en parroquia. Siempre iban acompañadas de los restos de sus dos queridos santos.

En 1817 varias religiosas fueron a reunirse con la Comunidad de Moulins y quisieron llevarse las urnas, pero las autoridades de la ciudad les impidieron llevárselas. Se las encomendaron al párroco de la ciudad, quien para mayor seguridad las tuvo en su propia casa. Ese mismo año fueron devueltos los restos para que los guardaran las dos religiosas que se quedaron en Paray: María Rosa Carmoy y María Teresa Petit.
En 1821 el obispo de Autun hizo una colecta pública para comprar el convento de Paray, lo que consiguió pagando 50.000 francos. Hubo que hacer muchos arreglos, porque el convento estaba muy deteriorado, ya que lo habían saqueado completamente. Después de la restauración, el obispo hizo la bendición solemne el 16 de junio de 1823. Así pudo florecer de nuevo la Comunidad de Paray, que había guardado celosamente los restos de santa Margarita María y de san Claudio de La Colombière.

Después de más de un siglo de paralizados los trámites, en 1819 la Congregación de Ritos pidió al obispo de Autun una nueva información sobre su fama de santidad. Esto se realizó en 1821, tomando testimonio a 14 testigos. El 30 de marzo de 1824 el Papa León XII la declaró venerable. Este mismo año se hizo el reconocimiento canónico del cadáver. Se encontraron sus huesos, pero su cerebro estaba intacto y fresco después de siglo y medio de enterrado. Era el cerebro que había consagrado todos sus pensamientos al divino Corazón de Jesús. El proceso apostólico se abrió en Roma el 2 de febrero de 1830.

Fueron aprobados tres milagros para su beatificación. La curación de María de Sales Chareault, ocurrida en 1828; la de la visitandina sor María Teresa Petit, ocurrida el 22 de julio de 1830, el día de la apertura de su tumba para el proceso apostólico; y el de sor Luisa Filipina Bollani, visitandina de Venecia.

Los tres fueron reconocidos como milagros y el Papa Pío IX firmó el decreto De tuto para su beatificación el 19 de agosto de 1864 en Castelgandolfo. La ceremonia de beatificación tuvo lugar en la basílica vaticana el 18 de setiembre de 1864.

En 1907, se presentó a la Congregación de Ritos la Positio super miraculis con la relación documentada de los milagros que fueron reconocidos para la canonización. El primero la curación de Luisa Agostini, casada. A los 16 años tuvo una hija que murió a las pocas semanas. Ocho años más tarde tuvo otra hija, cuyo nacimiento dejó a Luisa extremadamente débil y frágil. Empezó a sentir dolores violentos en la región lumbar, empeorando cada día. El 11 de junio de 1899 no podía caminar y quedó parapléjica con insensibilidad en los miembros inferiores y atrofia de los músculos. Las medicinas no le hacían ningún efecto y ella acudió a la intercesión de la beata Margarita María de Alacoque. Así estuvo orando y sufriendo hasta el 21 de junio de 1903. Ese día estaba sentada en un sillón, cuando coge la canastilla en la que tenía su labor, y súbitamente sintió recobrar sus fuerzas, pudiendo levantarse. Desde ese momento su enfermedad, llamada mielitis meníngea, desapareció.

La segunda sanada fue la condesa Antonia Astorri Pavesi, que tenía un tumor canceroso en el seno derecho. Se había casado a los 23 años y tuvo dos hijos. En 1903 se le descubrió un tumor maligno en el seno derecho del grosor de una nuez. Este cáncer de mama ponía en riesgo su vida y le ofrecieron una intervención quirúrgica, pero ella quiso antes encomendarse a la intercesión de la beata Margarita y pidió a su hija la reliquia que tenía en casa. Se la aplicó el 23 de octubre sobre la parte enferma y comenzó una novena. El día 28 por la mañana descubrió que ya no tenía nada del tumor.

Estos dos milagros fueron reconocidos como tales por la Comisión médica del Vaticano y la beata Margarita María fue canonizada en la basílica vaticana el 13 de mayo de 1920, junto con el pasionista Gabriel de la Dolorosa, por el Papa Benedicto XV.
53
En esa oportunidad el Papa declaró solemnemente: Nos, después de implorar con fervor las luces de lo alto, para gloria de la santa e individua Trinidad, para acrecentamiento y prez de la fe católica, con la autoridad de N.S. Jesucristo, de los santos apóstoles Pedro y Pablo, y después de madura deliberación, con el voto de nuestros venerables hermanos los cardenales de la santa Iglesia romana, así como también con el consejo de los Patriarcas y Primados, arzobispos y obispos, decretamos que la dicha beata Margarita María de Alacoque de la Orden de religiosas de la Visitación, es santa y que se ponga en el catálogo de los santos… Y mandamos que se celebre la fiesta de santa Margarita María de Alacoque todos los años el día 17 de octubre y que se anote en el martirologio romano. Dado en Roma el año 1920, día, trece de mayo, sexto de nuestro Pontificado. Yo, Benedicto XV, obispo de la Iglesia romana (123).

RELOJ DE LA PASION DE JESUS

RELOJ DE LA PASIÓN DE JESÚS 
(JUEVES Y VIERNES SANTOS)





Meditar las horas siguiendo el sentido de las flechas:
   
JUEVES. A las seis de la tarde: Jesús se ciñe con un lienzo, y echando agua en una bacía, lava los pies a sus discípulos, los enjuga y besa. ¡Qué humildad!

[Cruz]A las siete, instituye el Santísimo Sacramento, dando a los sacerdotes el pasmoso poder de convertir el pan y vino en su Cuerpo y Sangre preciosísima. ¡Qué amor!
[Cruz]A las ocho, va al huerto de Getsemaní; y a pesar de la tristeza y sudor de sangre, ¡cuán fervorosa y constante es su oración!
[Cruz]A las cuatro, le bajan de la cruz; ¡qué escena aquella tan tierna! ¡Qué lágrimas! ¡Qué coloquios!

[Cruz]A las cinco, mira a Jesús en los brazos de su Madre, y, viendo sepultado a su Hijo, toma parte en su dolor.


FIN


[Estampa del siglo XIX con un grabado del reloj de la pasión de Jesús]
Reloj de la Pasión




"¡Qué diferentes voces eran: quita, quita, crucifícale y bendito sea el que viene en el nombre del Señor, hosanna en las alturas! ¡Qué diferentes voces son llamarle ahora Rey de Israel, y de ahí a pocos días decir: no tenemos más rey que al César! ¡Qué diferentes son los ramos verdes y la cruz, las flores y las espinas! A quien antes tendían por alfombra los vestidos propios, de allí a poco le desnudan de los suyos y echan suertes sobre ellos."

San Bernardo
Sermón sobre el Domingo de Ramos
[Cruz]A las nueve, es entregado por Judas, preso, cargado de cadenas y abandonado de sus discípulos: ¿y no le has entregado tú también alguna vez?
[Cruz]A las tres, entrega su Espíritu al Padre Eterno, y muere por mi amor. (Reza cinco Padrenuestros).
[Cruz]A las diez, le llevan a casa de Anás: ¡cuán diferente entrada hace hoy en Jerusalén de la que hizo el día de Ramos! ¡Qué terrible bofetada le dan!
[Cruz]A las dos, se queja amorosamente con su Padre: tiene sed, ¡y le dan a beber hiel y vinagre!... Ya todo se acabó.
[Cruz]VIERNES. A las cuatro de la mañana. Ha sufrido esta noche infinitos escarnios en casa de Caifás: Pedro le ha negado tres veces, y ahora gritan todos que es blasfemo y digno de muerte. ¡Qué ingratitud!
[Cruz]A la una, ruega por sus verdugos, abre el paraíso al ladrón; y nos da por Madre a su propia Madre: ¡qué bondad!
[Cruz]A las cinco, le conducen ante Pilatos ¡qué insultos por las calles! ¡Con qué furor le acusan!
[Cruz]A las doce, le desnudan y clavan en la cruz: ¡qué ignominia! ¡Qué tormento!
[Cruz]A las seis, es presentado a Herodes; le visten una ropa blanca y escarnecen como a loco; ¡y es la Sabiduría infinita!
[Cruz]A las once, sale ya con la Cruz a cuestas. ¡Qué caídas tan dolorosas! ¡Qué amargura, cuando encuentra a su Madre! ¡Qué palabras tan tiernas dirige a las mujeres que le siguen!
[Cruz]A las siete, Pilatos le compara con Barrabás y ¡ay!, es pospuesto a tan vil asesino.
[Cruz]A las diez, dice Pilatos: Ecce homo, mostrándole al pueblo, y éste pide feroz que sea crucificado. Cede el cobarde juez y le condena a muerte.

[Cruz]A las nueve, le hincan en la cabeza una corona de setenta y dos espinas. ¡Qué tormento!


PADRE MATEO CRAWLEZ-BOEVEY

PADRE MATEO CRAWLEY-BOEVEY-HORA SANTA DE DICIEMBRE


PARA REZAR EN FAMILIA

Nota: La hora Santa fue concebida por el Padre Mateo Crawley como parte de la Adoración Nocturna al Sagrado Corazón en los hogares; por tanto es aconsejable rezarla en familia asumiendo los padres y los hijos la lectura de los distintos protagonistas.

Las cinco peticiones del Corazón de Jesús
Ahí lo tenéis; miradlo con fe viva: ese es Jesús… En esa Hostia divina lo vio su sierva Margarita María…; desde ella oyó su voz arrobadora, sus lamentos, los sollozos de su Corazón, despedazado por los tormentos del amor y de la ingratitud humana… Ahí le tenéis; miradle: ese es Jesús, el Dios tierno, dulce y misericordioso de Paray-le-Monial. Transportémonos en espíritu a esa capillita humilde y misteriosa, y, en compañía de la predestinada Margarita María, con la frente en el polvo y con el alma henchida en fervores de cielo, adoremos a Jesucristo, que nos quiere hablar, en esta Hora Santa, de los anhelos, de las tristezas, de las victorias y de las divinas promesas de su Sagrado Corazón… ¡Ahí lo tenéis, miradlo con fe viva: ese es Jesús!
(Pausa)
(En este primer Viernes, el último del año, pedidle que perdone muchas faltas, muchas infidelidades, mucha tibieza; pero agradecedle, al mismo tiempo, en unión con María, el sinnúmero de gracias y mercedes con que os ha colmado su amable Corazón).
Voz de Jesús. (Primera petición: la Comunión reparadora).
Levantad los ojos, hijitos míos, y aunque confundidos porque sois culpables, miradme sin recelo; no temáis, pues soy Jesús, que os ama perdonando…
Venid, quiero sentir el calor de vuestro abrazo; comulgad, en nombre, ¡ay!, de tantos que jamás comulgan… ¡Si supierais qué desolación inmensa siente mi alma cuando recorro los caminos frecuentados por los hombres, y, con la mano extendida como un mendigo, voy reclamando un corazón que se me niega!…
¡Y vuelvo entonces solo con mi angustia a mi Sagrario…, y me oculto en él, saboreando mil rechazos!…
¡Ah!, pero mi Corazón de Buen Pastor, jamás se desencanta de los hombres… Salgo nuevamente y ruego y suplico que se me brinde un hospedaje… A veces, al caer el día, destrozados ya mis pies, encuentro un niño, un pobre, que acepta un asiento en el banquete eucarístico… Almas queridas, es este desamor el que me hiere mortalmente… ¡Cuántos son los que viven una larga vida sin haber jamás saboreado las delicias de una Comunión!… La Hostia es, sin embargo, la herencia, el cielo anticipado y exclusivo de los hombres…
Tengo sed de amor.
Tengo sed abrasadora de ser amado en este Sacramento de amor.
Tengo sed infinita de entregarme día a día a millares de almas en mi sacrosanta Eucaristía.
Venid, mis preferidos, y compensad la ausencia de tantos que menosprecian este don supremo; comulgad vosotros con comunión reparadora; dadme vosotros el amor que se me niega; estrechadme en nombre de los que huyen de mis brazos; aprisionadme, hacedme todo vuestro, en desagravio de la culpable ausencia de innumerables hijos que, aturdidos por el mundo, olvidan que en este Tabernáculo está su Padre y está su Dios, bajo las apariencias del Maná sacramentado.
Más que vuestro aliento, más que vuestra sangre, mucho más que vuestra alma, Yo, Jesús-Eucaristía, quiero ser eternamente vuestro…
¡Oh!, venid sin más demora…, volad ante mi altar y prometedme siempre el gran consuelo de la Comunión reparadora, muy frecuente.
¿Seréis insensibles a mi amor y a mis lamentos?… Hijos míos, contestadme…
(Pausa)
(Un Dios está pendiente de nuestros labios; respondámosle con pasión del alma).
Las almas. Como el ciervo sediento busca la fuente de las aguas, así, apasionados de tu Corazón, nos abalanzamos a ti, ¡oh, Fuente!, ¡oh, Vida!, ¡oh, Paraíso, Jesús-Eucaristía!… No es una mera palabra, Señor, no: es una solemne promesa la que hacemos en esta Hora Santa la de vivir de Eucaristía en desagravio de la ausencia dolorosa de tantos hijos tuyos, que jamás comulgan…
Recoge, pues, nuestra plegaria y, desde ese altar, sonríe, consolado, ¡oh, amable Prisionero del Sagrario!
Ven… te adoramos, Jesús, en este Sacramento querido.
(Todos, en voz alta)
Inflama nuestras almas de sed de Eucaristía.
Ven… te adoramos, Jesús, en este Sacramento de amor.
Inflama nuestras almas de sed de Eucaristía.
Ven… te adoramos, Jesús, en este Sacramento de dulzura.
Inflama nuestras almas de sed de Eucaristía.
Ven… te adoramos, Jesús, en este Sacramento santificador.
Inflama nuestras almas de sed de Eucaristía.
Ven… te adoramos, Jesús, en este Sacramento de fortaleza.
Inflama nuestras almas de sed de Eucaristía.
Ven… te adoramos, Jesús, en este Sacramento de consuelo.
Inflama nuestras almas de sed de Eucaristía.
Ven… te adoramos, Jesús, en este Sacramento de divina esperanza.
Inflama nuestras almas de sed de Eucaristía.
Ven… te adoramos, Jesús, en este Sacramento de vida eterna.
Inflama nuestras almas de sed de Eucaristía.
Ven… te adoramos, Jesús, en este Sacramento de suavidad infinita.
Inflama nuestras almas de sed de Eucaristía.
Ven… te adoramos, Jesús, en este Sacramento de paz inefable.
Inflama nuestras almas de sed de Eucaristía.
Ven… te adoramos, Jesús, en este Sacramento de luz indeficiente.
Inflama nuestras almas de sed de Eucaristía.
Ven… te adoramos, Jesús, en este Sacramento de celestiales delicias.
Inflama nuestras almas de sed de Eucaristía.
Ven… te adoramos, Jesús, en este Sacramento, prenda de gloria inmarcesible.
Inflama nuestras almas de sed de Eucaristía.
(Pausa)
(No olvidéis: lo que acabamos de decirle no es una palabra que se desvanece como el entusiasmo de un momento: es una resolución, es una gran promesa de comulgar con suma frecuencia en espíritu de desagravio).
Jesús. (Segunda petición: la celebración de todos los Primeros Viernes).
Vuestro amor ardoroso me alienta… Me siento reconfortado con vuestra promesa, y ya que ella es tan fervorosa y sincera, atended todavía, hijos de mi Corazón, un segundo pedido de vuestro Dios y Maestro… Quiero que me dediquéis un día de especial consuelo…; quiero sentiros en él más cerca de mi Corazón Divino; en beneficio vuestro, quiero colmaros en ese día privilegiado de aquellas gracias que reservo a los muy fieles, a los muy míos… Que ese día de amor y de celo, de reparación y de consuelo, sea el Primer Viernes… Dedicádmelo con especial cariño, celebradlo en alabanza mía con particular fervor… Sí, vosotros todos, que me comprendéis mejor que el mundo, venid cada Primer Viernes al comulgatorio, venid a visitarme, con el amor de los serafines, en mi Santa Eucaristía, y tomad ahí el asiento de Juan, mi predilecto, y habladme ahí el idioma de Margarita María, mi venturosa confidente… Y luego, en silencio, recogidos ante el altar, buscando el calor de mi pecho, puestos el alma y los labios en la herida de mi Costado, habladme de todo lo que os aflige e interesa, nombradme a los que amáis y que no me aman, contadme vuestras ambiciones de santidad y vuestras miserias, confiadme vuestras amarguras, decídmelo todo, todo… El Primer Viernes será día de gracia hasta la consumación de los tiempos; día de gran misericordia… Recogedla superabundante para el hogar querido, para los pecadores; ¡ah!, y en este día pedidme especialmente por mis sacerdotes y apóstoles, rogad por ellos, que sean santos y que santifiquen las almas que les he confiado… Y ahora, escuchad: voy a daros mi palabra en garantía de una infinita recompensa: “En el exceso de mi misericordia, os prometo, a todos los que comulguéis nueve Primeros Viernes consecutivos, la gracia de la penitencia final; si esto hacéis, no moriréis en mi desgracia, ni sin recibir los Sacramentos, y, en vuestra última hora, encontraréis asilo seguro en mi Divino Corazón”. ¿Qué respondéis amados míos a esta palabra que agota mi omnipotencia, entregándoos, para el tiempo y la eternidad, mi Corazón?…
(Pausa)
(Aunque ni en el cielo podremos pagar tantas larguezas, comencemos desde aquí ante el altar, nuestra eterna acción de gracias… Hablemos a Jesús con palabras de fuego).
Las almas. ¡Oh, Jesús, por cumplir con el deber de amarte, Tú nos puedes ofrecer un cielo, porque eres Dios… Pero nosotros, pobrecitos, ¿qué podremos darte en pago de habernos amado gratuitamente…, y hasta el exceso de la Cruz y de la Eucaristía?…. ¿Qué diéramos, Jesús, por tener en este instante los incendios de San Juan, de Magdalena y de San Pedro; los heroísmos de holocausto de Margarita María, y la caridad incomparable de tu Madre, para saciarnos de amor, para enloquecer de amor, para morir de amor entre las llamas de tu dulce y adorable Corazón?… Nos pides, Señor, la celebración de un día… Quieres que te consagremos en especial los Primeros Viernes… Sí, Jesús, ¡oh, sí!, todo él será tuyo: de la alborada hasta el anochecer, en cada latido de nuestros corazones habrá para ti una palabra, un afecto, un suspiro de gratitud y de consuelo… En cambio, no te pedimos, Maestro muy amado, sino una gracia, y es que sigas siendo benigno y paciente en soportarnos, no obstante las muchas y constantes miserias de nuestra voluntad, tan tornadiza y frágil… ¡Tennos piedad, Señor!… No te canses de nosotros, ¡oh, Divino Corazón!
(Todos, en voz alta)
No te canses de nosotros, ¡oh, Divino Corazón!
Cuando te llamemos, Jesús, en los desmayos del corazón, al sentir que nos enfriamos en tu amor…
No te canses de nosotros, ¡oh, Divino Corazón!
Cuando te llamemos, Jesús, en las inevitables tentaciones en que desfallece y vacila nuestra fe…
No te canses de nosotros, ¡oh, Divino Corazón!
Cuando te llamemos, Jesús, en las fatigas que acarrea una vida de lucha y de incesante sacrificio…
No te canses de nosotros, ¡oh, Divino Corazón!
Cuando te llamemos, Jesús, en la exasperación que producen los grandes y crueles dolores de la vida.
No te canses de nosotros, ¡oh, Divino Corazón!
Cuando te llamemos, Jesús, en los desalientos que provocan ciertos desengaños dolorosos y enteramente inesperados…
No te canses de nosotros, ¡oh, Divino Corazón!
Cuando te llamemos, Jesús, en las horas de perplejidad, en la angustia de una penosa incertidumbre…
No te canses de nosotros, ¡oh, Divino Corazón!
Cuanto te llamemos, Jesús, a nuestra casa para suavizar congojas íntimas y desgracias que nadie puede remediar…
No te canses de nosotros, ¡oh, Divino Corazón!
Cuando te llamemos, Jesús, como el Buen Samaritano, al lecho de un enfermo del alma, que necesita de tu gran misericordia…
No te canses de nosotros, ¡oh, Divino Corazón!
Cuando, en fin, te llamemos, Jesús, en nuestra hora postrera para darte, en la Hostia Divina, nuestro último abrazo en la tierra, ven sin demora, trayéndonos la vida eterna.
No te canses de nosotros, ¡oh, Divino Corazón!
(Breve pausa)
Y como nos lo has pedido, Señor, queremos rogar por tus sacerdotes, por los ministros de tu altar y tus apóstoles… Dales, amado Salvador, la luz de una fe muy viva… Dales el don de una caridad sin límites… Dales el tesoro de una humildad a toda prueba… ¡oh!, dales, Jesús, resolución de santidad y pasión, celo ardiente por tu gloria… Y puesto que la mies es mucha, aumenta, Jesús, los segadores realmente santos del campo de tu Iglesia, y envía a tu viña obreros según tu Corazón…
(Pedid por el Soberano Pontífice y ofreced las buenas obras del Primer Viernes de mañana, en especial por la verdadera santificación de los sacerdotes… Y que siga Jesús revelándonos sus deseos; su voz, que extasía a los ángeles del Santuario, nos señala un camino hacia su Corazón… Oigámoslo).
(Pausa)
Jesús. (Tercera petición: la Hora Santa).
Todos los que estáis aquí, todos me sois particularmente queridos… Vuestras almas enamoradas y compasivas me supieron a miel y néctar en la hora más horrenda y angustiosa de mi Pasión: ¡en mi agonía de Getsemaní! Yo os vi entonces, entre las sombras del Huerto… Vosotros me amáis, ¡oh, sí!, me amáis, ciertamente, mucho más que tantos otros hermanos vuestros… Y por esto tenéis un derecho mayor a mi confianza: ¡sois tan míos al compartir los tedios, abandonos y las torturas de mi Corazón agonizante en la Hora Santa!… ¡Qué consuelo inmenso siento al ver que no se ha perdido en el vacío la súplica que hice a mi Esposa Margarita María, cuando le pedí esta hora de intimidad amorosa, en petición de mi reinado y por la conversión de los desdichados pecadores!…
Hacedme siempre esta guardia de honor y de desagravio… Amadme, orad, velad conmigo, labrad mi triunfo en la Hora Santa… Hacedla siempre, hacedla con fervor de caridad, hacedla con amor de sacrificio… ¿Querríais abandonarme en la hora de las traiciones, en el momento de saborear lo más acerbo de mi cáliz?… No he de llamar a la legión de los ángeles, no: quiero llorar la sangre de mis venas, rodeado por mis redimidos, sostenido entre los brazos de mis amigos fidelísimos… Mi Corazón herido, mi Corazón que llora, el Corazón agonizante de vuestro Hermano Primogénito, es herencia vuestra, que no os será jamás arrebatada, ¡jamás!… Hacedme, pues, Cautivo vuestro en la Hora Santa; encadenadme a vuestras almas, y llevadme prisionero a vuestras casas… Para eso os he llamado, amados míos; con ese objeto habéis llegado ante este altar… ¡Ea, avanzad! Yo soy Jesús de Nazaret…; aquí tenéis mis manos…, mis pies…: encadenadme con grillos de amor…
Aquí tenéis, tomad mi Corazón: encerradlo para siempre en los vuestros…
Y ahora, consoladores míos, ¿qué más queréis…, qué más pedís?…
(En voz alta)
Las almas. Amarte y darte gloria, ¡oh, Divino Corazón!
Jesús. ¿Olvidáis entonces vuestros intereses terrenales?… ¿Qué queréis que os dé, como suprema recompensa?
(En voz alta)
Las almas. Amarte y darte gloria, ¡oh, Divino Corazón!
Jesús. Pero, ¡qué!, ¿no quisierais bienes temporales de fortuna o de salud? Habladme, ¿qué pedís en pago de esta Hora Santa?
(En voz alta)
Las almas. Amarte y darte gloria, ¡oh, Divino Corazón!
Jesús. Hijitos míos tan amados, vuestra generosidad me conmueve hondamente… No temáis; decid, ¿qué puedo daros, qué tesoro pedís en galardón por vuestro generoso olvido?
(En voz alta)
Las almas. Amarte y darte gloria, ¡oh Divino Corazón!
Jesús. Ese es, almas queridas, el lenguaje de los santos… Con él me habéis vencido… Hablad, pues; decid lo que solicitáis sin más demora…
(En voz alta)
Las almas. Amarte y darte gloria, ¡oh Divino Corazón!
Jesús. Al contestarme así os abandonáis sin reserva en mis brazos… Aquí tenéis mi Corazón; disponed de él… Expresadle cuál es vuestro íntimo deseo…
(En voz alta)
Las almas. Amarte y darte gloria, ¡oh Divino Corazón!
Jesús. Pero en tantas penas y sinsabores de la tierra…, en el desengaño del amor de las creaturas, ¿no tenéis alivio y consuelo qué pedirme?… ¿Qué lenitivo, qué bálsamo queréis que os dé?
(En voz alta)
Las almas. Amarte y darte gloria, ¡oh Divino Corazón!
Jesús. Y por ese gran deseo de amarme, por ese afán de darme inmensa gloria, ¿qué pago anticipado de justicia me reclamáis aquí en la tierra?…
(En voz alta)
Las almas. Amarte y darte gloria, ¡oh Divino Corazón!
Jesús. Consoladores busqué y los he encontrado en espíritu y en verdad… Pero en la hora de vuestra agonía, cuando estéis ya por despediros de la tierra, ¿qué me pedís por haber consolado en la Hora Santa a vuestro Dios en su agonía?
(En voz alta)
Las almas. Amarte y darte gloria, ¡oh Divino Corazón!
(Ofreced al Sagrado Corazón hacer durante toda vuestra vida el bellísimo ejercicio de la Hora Santa, y prometedle propagar esta práctica salvadora).
(Pausa)
Jesús. (Cuarta petición: el culto a su Corazón Divino).
Los enemigos os cercan…, la tempestad arrecia y os azota con furor, hijitos míos, la tempestad de aquel abismo en que se me maldice a Mí y en que se condenan, con desdicha eterna, los que quisieron luchar sin los auxilios de mi gracia… Ruge violento y crece ese huracán, hirviente en cólera satánica, que busca la muerte de las almas… Pero no temáis, pues Yo he vencido al mundo y al infierno…; quedad en paz… He aquí que os traigo ahora un signo seguro de bonanza…, una enseña de victoria: ¡mi Corazón Divino!… Caed de rodillas y temblando de amor inmenso, aceptadle primero…, y luego adoradle, sí, adoradle como que es el Corazón de vuestro Dios y Salvador, que os ha amado hasta la locura del Calvario y de la Hostia… Sus palpitaciones de misericordia y de perdón son las palabras…, son los gemidos con que os suplica que le améis por encima de todas las cosas del cielo y de la tierra… ¡Oh!… y por sus espinas, por la Cruz que lo corona, y sobre todo, por la ancha y sangrienta herida que lo tiene lacerado, os conjura que le deis inmensa gloria…, que lo hagáis conocer y amar de tantos infortunados, que necesitan de esta fuente milagrosa de resurrección…
(Lento y cortado)
Venid, pues, los desterrados de un paraíso terrenal…; no me temáis y entrad por mi Costado, donde hallaréis la paz del alma que anheláis…
Venid los engañados por los espejismos de un desierto, siempre traicionero…; no me temáis y entrad por mi Costado, donde hallaréis las santas realidades de mi amor, que apaga toda sed…
Venid los peregrinos de un camino, bordeado de abismos de error y de desdicha…, no me temáis y entrad por mi Costado, donde hallaréis consuelos y esperanzas, que os reserva un Dios, que es todo caridad…
Venid los infortunados de la vida, que sois tantos, los decepcionados del dinero y del aprecio de los hombres…; no me temáis y entrad por mi Costado, donde hallaréis luz, calma y delicias ignoradas, en medio de todos los quebrantos…
Venid, venid pronto los que tenéis amargada el alma en los placeres envenenados de la tierra…; no tardéis; entrad en mi Costado en plena juventud; entrad en él, en el atardecer de la existencia; entrad, no fuera, sino en la postrera hora de la vida… y encontraréis ahí, recobrando para siempre, un paraíso de eterna paz y de amor eterno…
Venid… Longinos abrió las puertas de mi Corazón… Yo he rasgado más aún esa herida redentora… y llamo a los justos, a los pecadores, a los ingratos, a los afligidos y les ofrezco, en esa llaga, a todos, una mansión de dicha eterna… ¡Quien se consagre al amor de mi Corazón…, tendrá la vida!
(Pausa)
Las almas. ¡Piedad, Jesús!… Recuerda que ofreciste la victoria a las huestes que combatieran con el lábaro de tu Sagrado Corazón…
(Todos, en voz alta)
Acuérdate de tus promesas, ¡oh Divino Corazón!
¡Piedad, Jesús!… Recuerda que ofreciste la paz a los hogares que entronizaran con amor la imagen de tu Sagrado Corazón…
Acuérdate de tus promesas, ¡oh Divino Corazón!
¡Piedad, Jesús!… Recuerda que ofreciste convertir a los más empedernidos pecadores con la misteriosa fuerza de tu Sagrado Corazón…
Acuérdate de tus promesas, ¡oh Divino Corazón!
¡Piedad, Jesús!… Recuerda que ofreciste santificar las almas de los buenos que se consagraron con fe viva a tu Sagrado Corazón…
Acuérdate de tus promesas, ¡oh Divino Corazón!
¡Piedad, Jesús!… Recuerda que ofreciste endulzar las penas de las almas afligidas que reclamaran los consuelos de tu Sagrado Corazón…
Acuérdate de tus promesas, ¡oh Divino Corazón!
¡Piedad, Jesús!… Recuerda que ofreciste deshacer el hielo de la indiferencia religiosa, inflamando el mundo en los ardores de tu Sagrado Corazón…
Acuérdate de tus promesas, ¡oh Divino Corazón!
¡Piedad, Jesús!… Recuerda, sobre todo, que ofreciste hacer dormir entre tus brazos, en sueño de apacible y santa muerte, a los amigos, a los consoladores y a los apóstoles de tu Sagrado Corazón…
Acuérdate de tus promesas, ¡oh Divino Corazón!
(Si tuvierais alguna intención particular apremiante y grave, hacédsela presente).
Jesús. (Quinta petición: el establecimiento de una fiesta solemnísima en honor de su Sagrado Corazón).
¿Sabéis, hijos de Mi Corazón, por qué os amo tanto y por qué me inclino, con maravilloso desbordamiento de ternura hacia vosotros?… ¡Ah!, oídmelo: ¡porque a vuestra pequeñez y miseria, porque a vuestra orfandad, pobreza e infortunio debo el ser Hermano vuestro…, el ser Jesús!… El abismo de vuestra nada y de vuestra culpa atrajo el de mi misericordia, y para él y por él fue creado así, de carne, como el vuestro, este Corazón que es todo ternura e infinita piedad… Era preciso, pues, que los niños, los pobres, los tristes, los desamparados, los desechados de la tierra y este vuestro Salvador tuviéramos un día propio, un día grande y único, un día de regocijos celestiales, en que celebraríamos nuestra eterna unión por nuestro desposorio eterno. Ese día incomparable será el Viernes siguiente a la Octava del Corpus, y será llamado el día de mi Sagrado Corazón… Es mi voluntad que sea ésta la gran fiesta de la tierra, la fiesta genuina de los mortales, de los que sufren, de los que vivís conmigo bajo tienda en el desierto: ¡vuestra fiesta, hijitos míos!… Celebrad en ese Viernes la gran Pascua de mis misericordias; celebrad la conquista de una tierra ingrata con las lágrimas y el perdón de vuestro Dios… Cantadme en ese día… Regocijaos con alegría no enturbiada… Cantadme Rey amable de vuestros hogares… ¡Ah, sí: cantadme triunfador de paz y de humildad por las inagotables ternuras de mi benigno Corazón!…
(Pausa)
(Prometedle celebrar con íntimo regocijo, ante el altar y en vuestros hogares, como fiesta de familia, la gran fiesta del Sagrado Corazón).
Las almas. ¡Oh, sí!, Jesús, queremos cantar ahora en Sión, aquí en la tierra, un himno de acción de gracias, un cantar de Eucaristía, que los ángeles no sabrían entonarle, porque ni han pecado, ni han sufrido…, ni jamás han comulgado… Nosotros, los perdonados, anegados en llanto de amargura y de reconocimiento, queremos decirte con los discípulos de Emaús, al terminar esta Hora Santa y feliz: ¡Quédate con nosotros, Corazón de Jesús!
(Todos, en voz alta)
Quédate con nosotros, Corazón de Jesús.
Gracias, Señor, en nombre de tantos pecadores rescatados… Y cuando nuestra flaqueza y las tentaciones quieran arrojarte de la conciencia de estos hijos tuyos…, ¡no te vayas, Maestro!
Quédate con nosotros, Corazón de Jesús.
Gracias, Señor, en nombre de tantos tristes consolados… Y cuando el torcedor de inevitables penas venga a herirnos cruelmente, con licencia tuya…, ¡no te vayas, Maestro!
Quédate con nosotros, Corazón de Jesús.
Gracias, Señor, en nombre de tantos pobres fortificados en tu esperanza… Y cuando las asperezas de la vida nos la hagan cansada y muy penosa… ¡no te vayas, Maestro!
Quédate con nosotros, Corazón de Jesús.
Gracias, Señor, en nombre de tantos desvalidos, alentados por tus promesas. Y cuando la tierra nos brinde sus frutos naturales de abrojos y de espinas…, ¡no te vayas, Maestro!
Quédate con nosotros, Corazón de Jesús.
Gracias, Señor, en nombre de tantos decepcionados, felizmente iluminados por tu gracia… Y cuando la ingratitud nos despedace el alma y nos desengañe de las criaturas… ¡no te vayas, Maestro!
Quédate con nosotros, Corazón de Jesús.
Gracias, Señor, en nombre de tantos caídos y enfermos, regenerados por tu caridad… Y cuando nuestras fragilidades quieran arrastrarnos a la muerte…, ¡no te vayas, Maestro!
Quédate con nosotros, Corazón de Jesús.
Gracias, Señor, por tantos moribundos redimidos a la hora undécima… Y cuando la agonía nos advierta que se acerca la hora de la justicia inexorable…, ¡oh, no te vayas, Redentor y Maestro!
Quédate con nosotros, Corazón de Jesús.
Sí, quédate en ese instante de suprema congoja, cuando desaparezcan todas las ilusiones mentirosas de la tierra, al resplandor pavoroso de un Tribunal infalible e inapelable… ¡Ah, para esa hora te damos cita, Jesús…, te recordamos, desde ahora, tus promesas, y te suplicamos que leas nuestra sentencia decisiva en aquel libro de amor en que escribiste, según tu palabra, nuestros nombres; senténcianos con la benignidad y la ternura de tu dulce Corazón!…
Padrenuestro y Avemaría por las intenciones particulares de los presentes.
Padrenuestro y Avemaría por los agonizantes y pecadores.
Padrenuestro y Avemaría pidiendo el reinado del Sagrado Corazón mediante la Comunión frecuente y diaria, la Hora Santa y la Cruzada de la Entronización del Rey Divino en hogares, sociedades y naciones.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria para ganar las indulgencias otorgadas a esta devoción.
(Cinco veces)
¡Corazón Divino de Jesús, venga a nos tu reino!
Invocación para la agonía
Amado y divino Agonizante de Getsemaní, Jesús Sacramentado, he aquí a los testigos fidelísimos de tu congoja mortal del Huerto, que vienen en demanda de una gracia suprema, prometida a los consoladores y apóstoles de tu entristecido Corazón…
Señor, no te pedimos salud, tesoros, ni una larga vida; te suplicamos que en el trance mortal de la agonía, nos tiendas los brazos, nos muestres la llaga encendida del Costado, y, al morir, nos dejes exhalar, Jesús, el último suspiro de amor, de adoración y de desagravio en la herida celestial de tu Sagrado Corazón… Cuando en esa hora de recuerdos se presente a nuestra mente la niñez, la juventud, la vida entera con todas sus flaquezas, Jesús amado, recuérdanos tus promesas, señálanos la herida abrasadora del Costado, revélanos tu Corazón para aquietar los nuestros agonizantes… Cuando en ese momento decisivo queramos asirnos de un áncora segura y deseemos abrazarnos de tu Cruz, pedirte perdón entre gemidos, llamar a María en nuestro socorro y balbucear tu nombre…, ¡ay!, si nuestros labios no pudieran pronunciarle, Tú, Jesús, que trocaste tu vida por nuestras vidas, Tú, que nos abrazaste en el comulgatorio, Tú, que nos sonreíste consolado en la Hora Santa, acércate dulcísimo, señalándonos la herida abrasadora del Costado, revélanos tu Corazón para aquietar los nuestros agonizantes…
Acuérdate, Jesús, de cuánto quisimos amarte y no de nuestras tibiezas…; acuérdate de cuánto oramos por redimirte almas, y no de nuestros pecados…; acuérdate de nuestros desvelos por entronizarte, como Rey de amor, y no de nuestras ingratitudes. ¡Oh!… acuérdate que nuestros nombres los escribiste ahí donde nadie jamás podrá borrarlos…
No te pedimos goces de la tierra, ni halagos de gloria fementida, ni amor humano… Te suplicamos que, en el trance mortal de la agonía, nos muestres la llaga encendida del Costado y nos dejes, Jesús, exhalar el último suspiro de amor, de adoración y de desagravio en la herida celestial de tu Sagrado Corazón… Ahora y en la hora de nuestra muerte: ¡Venga a nos tu reino!…

ESTUDIO DE LA TUMBA DE LOS REYES MAGOS EN COLIA ALEMANIA

El extraño periplo de los restos de los Reyes Magos hasta su descanso final en el descomunal relicario de la Catedral de Colonia Los cuerpo...